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Wednesday, July 25, 2007

CUENTOS PUBLICADOS (3)



Un domingo en Rafael Calzada

(4º Premio, Certamen de Cuento 2003, Editorial Mis Escritos, publicado como “Bar de Estación” en Badosa.com)

Llamarse León Kaplansky, ser blanco, casi lechoso y lleno de pequeñas pecas, calzar lentes, caminar lento y con los pies abiertos y ser bastante gordo, fueron motivo más que suficientes para saber que en el Bar de la Estación llamaría inmediatamente la atención.

Mi buen amigo León, curioso e ingenuo fotógrafo dominguero había tomado un tren cualquiera y se había bajado en un rincón al azar, de lo que en la jerga es el GBA, el Gran Buenos Aires, el Conurbano, el suburbio: José Mármol, Rafael Calzada o El Tropezón, qué importa.

Eran las cinco de la tarde de un domingo de partido y los muchachos estaban en el Bar, escuchando la radio, gritando a cada jugada de ataque, riendo, gozándose unos de otros cuando había un gol, un expulsado o un tiro libre.

En eso, entró el gordito, cargado con cámaras, lentes y cartera colgante. Un espécimen. Un absurdo contraste (ejemplar urbano de clase media con hobby de fotógrafo, sólo en un domingo de sol, entrando en un bar de suburbio, oscuro, oliendo a pizza y hamburguesa, habitado por una barra excitada).

Se sentó en la mesa de la ventana, mirando el paisaje de chapas oxidadas, vías, viejos carteles de publicidad anunciando cursos o vinos de marcas ignotas, gomas viejas, un carro sin caballo, un muro, unas casillas ferroviarias, una especie de huerta mal atendida, calzones y remeritas de colores secándose al sol.

Pidió un café, bebida extraña en aquellos parajes donde reina el mate y en los bares solo se gasta en cerveza, vino o gaseosas. Le dieron un líquido negro, tibio, recalentado. Lo tomó con resignación, ya arrepentido por haberse atrevido a entrar en el boliche y preocupado porque encontró unas miradas de complicidad que se cruzaban unos y otros, de una punta a otra del salón.

La primera miguita le pegó en la oreja. No se dio por enterado, interesándose vivamente por la vista que le ofrecía la ventana. Acomodó algunas cosas, apuró la taza con el líquido amenazante y se dispuso a pagar y salir de allí.

La segunda fue como un obús. Imposible ignorarla. Miró con gesto de asombro y desprecio, buscando la mano del culpable. Recorrió, desafiante, las mesas del bar .

A medida que iba encontrando miradas vacías y alguna risa contenida, empezó a planear la respuesta.

Miraría hacia la calle, esperando otra miguita. Sin que nadie lo note, abriría la cartera colgante. Sacaría la Bersa 22 y allí comenzaría la fiesta.

Primero apuntaría con calma a aquel petiso que sonreía cachador, le tiraría entre los ojos mientras los otros aullarían de sorpresa. Los mataría uno por uno, sabiendo que el terror los paralizaría, dándose tiempo para apuntar. Uno, al corazón; otro, a la cabeza. Las pequeñas 22 entrarían en esos cuerpos sin demasiado escándalo: la sangre no chorrearía por el piso, pero los cuerpos caerían uno a uno, desarmados y muertos.

A los más flojos, los que se esconderían tras el mostrador, los dejaría para después. Quería oirlos gemir de miedo, esperando su final.

Otra miga pegó en su frente. Abrió la cartera y tanteó la pistola, la sacó de un tirón y apuntó al petiso.

El estómago se le derramó por dentro cuando recordó que la caja de balas estaba en su mesa de luz, intacta, sin abrir, que en el apuro por salir olvidó cargar la pistola; pensó : que boludo que sos León, que tenía miedo y que los indios ya se le venían al humo y que no quisiera morir en Rafael Calzada, un domingo de sol, sólo, blanco y con pecas, mamá...

©2002

Friday, July 06, 2007

CUENTOS PUBLICADOS (2)

Despertares

Digamos que uno se despierta. Boca seca, hedor en el aliento, garganta áspera, sueños recientes que se desploman en el olvido apenas intentamos retenerlos. La alegría nunca confesada de haber sobrevivido a una noche más.

Imaginamos un despertar en Sumeria hace 4.000 años. La noche llena de aullidos de lejanos lobos ya pasó, lo mismo que el temor de lanzas enemigas silbando cerca, o los golpes en la puerta de la guardia real exigiendo el pago de algún tributo, una leva para lejanas guerras o, simplemente, el deseo urgente del capitán de gozar la carne cálida de alguna mujer de la casa. Una noche más quedó atrás. Lo que permanece, sordo y pertinaz, es el temor y, lo que es peor, el temor a nombrar al temor. No hay, siquiera, el exorcismo de la palabra, para aventar los miedos de la noche.

Los niños, que desconocen esas reglas, duermen abrazados a la madre. Se han colado al lecho materno en cuanto el primer sueño malo se adueñó de sus almas, en busca de consuelo.

Cuando despierten preguntarán por qué los monstruos los amenazaron durante la noche, qué mal hicieron, en castigo de qué faltas sufrieron el terror y la soledad de la pesadilla.

No es nada, sólo sueños, dirá la madre. Sonreirá y recordará sus propios interrogantes, la respuesta de su madre, y la de la madre de su madre y abrazará aún más fuerte a sus críos.

©2001

(Publicado en Badosa.com- diciembre 2001)

Saturday, June 30, 2007

CUENTOS PUBLICADOS (1)

Las fosas

(publicado en www.thebarcelonareview.com enero de 2006)



Enterrar diariamente a cuatro o cinco cuerpos no es lo malo. Lo peor viene cuando hay que aguantar ese sol de trópico, a las tres de la tarde, las moscas verdes pegoteadas a la piel, volando de cuerpo en cuerpo, traspasando sudores de uno a otro, de muertos a vivos y tu ahí, chico, sin poder darles su merecido, firmes, aguante soldado, el sargento tieso escrutándote las intenciones. Ese cabrón sabía leer el pensamiento, o peor, lo que está antes del pensamiento: te sabía leer el dolor de estómago, las palpitaciones del ánimo, las ganas de largar todo, escapar, dejar esa locura.

No me pregunten qué hago aquí, en el peor lugar de la tierra a mis dieciocho años. Voluntario enganchado al Ejército, convencido de la causa nacional, desocupado, quería salvarme de una muerte segura a manos de la Mara, o de algún policía loco, de los que abundan. Así que me conchabé en la milicia. Quizás haya cosas peores, pero al poco tiempo supe que debería escapar de allí, irme al mismo infierno que seguro es mejor que éste.

Solo, sin cumpas para entretener las horas de la tarde, en un barracón abandonado -el sargento Díaz duerme en sus propias habitaciones- escuchando los gritos de animales para mí ignorados, las horas no pasan nunca. Soy bicho de ciudad- si a San Javier se le puede decir ciudad- y me gusta la salsa, la cerveza y el ron, las mujeronas -sobre todo las de más de treinta, expertas y seguras- y el merengue; pero mi vieja pide pan desde que murió el Papi y acá estoy aguantando todo por la paga que le envío mes a mes a la pobre.

Tuve que aprender mucho acá: afilar machetes, aceitar y cuidar los rifles, lavar la ropa, plancharla con un fierro a las brasas, cocinarme unos guisos horribles, casi sin especias.

Y a enterrar cuerpos. No me pregunten cómo, pero aprendí.

Al primero lo enterramos una mañana de marzo. Entrecerrando los ojos, apenas viendo tras las pestañas, lo arrojé con la ayuda del sargento a la fosa. Quedó quieto, desarmado como un muñeco vencido y con una sonrisa en la cara. Yo apenas miraba por terror a que me guiñara un ojo, me saludara desde el más allá o, peor, me invitara a acompañarlo.

- Me dan miedo los muertos, mi sargento -le dije a Díaz en cuanto pude.

- Pendejo desgraciado, te puedes ir acostumbrando a ellos porque a partir de ahora los verás de a docenas, todos los días, de ahora hasta el dos mil diez, já!

Se fue riendo. Y ahí le grite:

- Y usté, mi sargento, cómo aguanta

Me miró como a un mosquito molesto

-Y a usté qué le importa, pendejo insolente. ¿Quiere que lo mande al calabozo, soldado? Me limpia ya mismo el cobertizo.

Lo peor, insisto, son las moscas: verdes, grandes, moscardones pesados o chiquitas, como las de la fruta. Se meten por las fosas o la boca entreabierta, descienden al abismo de la muerte y, según supe, dejan su carga de huevos de los que emergen miles de larvas blancas que devoran la carne de adentro afuera. Las muy sucias suben después a lavarse sus patas entre tus pelos, a dejar sus cagarronas en tu piel y, si te descuidas, alguna larva lista para devorarte de adentro afuera.

Me contó el sargento que rocían la carne con un ácido para hacerla papilla, así sus malditos hijitos gusanitos la mastican con facilidad. Se hace una sopa olorosa, chorreante que deleita a las guarras y ese olor las atrae por millares desde todas partes. En pocas horas esos cuerpos hasta ayer vivos, se hinchan de esa sopa pútrida, de larvas, huevos y moscas y ofrecen el espectáculo más inquietante de la naturaleza.

Ahora soy experto. Puedo relatar lo que sucede hora a hora con esos cuerpos, como avanza el proceso, como van llegando ansiosas las mamás moscas a depositar sus crías, como a las pocas horas comienza a hincharse el cuerpo y a moverse, temblando casi con vida, por efecto de millones de gusanos devorando la carne muerta.

Sé cómo la muerte no es nada en comparación con la indignidad que sobreviene a las pocas horas.

Sigo. Quiero, necesito irme de “Las fosas”, como se llama este pozo. Para conseguir un traslado le escribo a la vieja cartas relatando esto con todo detalle. Si consigo horrorizarla puede que cambie de idea y prefiera para mí otro oficio. Por ahora no consigo más que quejas: “José, no vuelvas a escribirme otra de las tuyas, que me da palpitaciones y casi me matas de la impresión.”

Esto me confirma que voy por el buen camino: si logro convencerla de que este es el peor lugar de la tierra, de que aquí la muerte se me ha metido por los ojos y las narices, seguramente intentará que me cambien destino, a una oficina o un taller militar.

Hace dos días decidí escribirle mi obra de arte.

Como los caballos que enterramos acá en las fosas se nos han terminado, hacía tiempo que extrañaba un poco de acción para relatarle a la vieja. Por eso maté al sargento con un certero golpe de machete –estaba muy bien afilado- mientras dormía en su habitación. Esperé un par de días antes de arrojarlo a la fosa. Quería que su olor recorriera el bosque, a fin de atraer a decenas de miles de cabronas moscas.

Ninguna faltó a la cita.

Dieron un espectáculo magnífico, que supe relatarle a la vieja en la carta que acabo de enviarle. Sé que conseguiré, ahora, el traslado.


Wednesday, June 06, 2007

La Fábrica Estatal, Final

Nunca me había fijado en ella. Claro, era solo una niña, convertida de pronto en una mariposa espléndida de dieciocho años, Eliana: una vecinita cualquiera. Hasta ese día.

Yo vivía en lo de mis padres. Ni noticias de Dora y, menos, de Celia. Tantas crisis, tantas miserias, quién se acordaba del amor, esa cosquilla. Comía leyendo a Bakunin, leía manuales prácticos de explosivos, discutía en el Bar con Pedro o Paco, volvía a casa, acompañaba a mi viejo a su trabajo en el Almacén. Y de pronto, la vi., mirándome.

Con su breve falda, su camisita de manga corta y sus sandalias. La desee ahí mismo como animal. Tendría que revestir la frase anterior, humanizarla: “sentí inmediato amor por esa criatura que parecía venir de otro cielo”.

Era de otro cielo, como si los grises de la realidad, la presencia de la Fábrica, las sucias calles de la Ciudad, el humo oloroso que nos envolvía no existieran o fueran solo recuerdo en su presencia. Iluminaba. Eso sentí y, creo, ella lo supo desde el primer momento.

Me es difícil hablar de amor, un sentimiento que nació en esa mañana, al verla. Como si siempre hubiera estado ahí, agazapado, el amor me enseñó inmediatamente su lenguaje. Me fue fácil, no hubo torpeza. La invité a caminar, hablamos, nos reímos de todas las tonterías que aparecían, reales o ficticias. Me cosquilleaba el cuerpo, sentía que mi vista se llenaba después de tantos meses de usar solo la cabeza, que mis ojos dominaban a mi mente. Era ella la que ocupaba mis ojos.

La besé sobre el paredón del Club, mientras el Sol se ponía.

Llegué a casa, excitado y feliz, en una gloria llena de planes. Me tendría que buscar un nido, un lugar para compartir con Eliana. Conseguir el divorcio, conseguir un trabajo acá o en otra ciudad, ir hasta el fin del mundo con Eliana. La vida se me presentó de pronto como una pizarra, un espacio infinito para llenar con líneas, rumbos potenciales, estaciones futuras, sueños aun no soñados.

***

Sonó el teléfono. Era Celia que quería que nos viésemos. Pensé en sus pechos y le propuse vernos en su pequeño departamento.

- Quiero que volvamos a vernos- me dijo tras el sexo.

- Cómo, ¿no era que estabas muy bien con tu jefe? – le pregunté.

- Está como loco, pensando en irse.

- Casi no tiene trabajo, ¿no? con La Fábrica a media máquina.

- No, no es eso. La contaduría sigue trabajando como siempre.

Se hizo un silencio. Sabía que el motivo de su llamada tenía que ver con algo más que ganas de tener un buen polvo.

-Me enteré de algo- agregó. Parece que el Supremo decidió cerrar La Fábrica.

- ¿Y como lo sabes?

- Leí unas notas del Jefe. Le pregunté al pasar si querían cerrar. Tartamudeó algo y se me ocurrió que había dado en una tecla gorda, muy gorda. Parece que el Ministro de Producción le está serruchando el piso al Ministro de Defensa. Y que una de las piezas clave de Defensa, La Fábrica de El Producto, debe pasar a la órbita de Producción. El Ministro de Defensa se la quiere entregar…pero muerta, vacía, sin tecnología, ni insumos: está desguazándola en vida. Por eso cada vez menos trabajo, más desocupados.

- Y por qué me la cuentas a mí. Uno de tus ex amantes, solamente.

- Espera Leo, yo…te quiero aunque no me creas. Y quiero que nos veamos más a menudo. Eres muy dulce y muy lindo. Muy joven. Pero yo…necesito una seguridad, a esta altura de mis treinta años, que no puedes darme. El Jefe se divorció y me ofreció matrimonio. No está nada mal la oferta.

- Hablas como si estuvieras en el mercado

- Y lo estoy. Tengo un cuerpo atractivo por diez años más. Es lo único que tengo que el mercado valora. Soy perito contable, me olvidaba: 300 pesos al mes. A los cuarenta nadie me buscará. Seré una oficinista del montón. El mercado hoy me paga un matrimonio. Vendo.

- Cling. Caja.

- Ja! Ven, hagamos otra vez el amor, niño lindo.

***

Se vio a funcionarios de alto nivel llegando a la Ciudad. Corrió el rumor de que había planes de relanzamiento de la producción. Esto esperanzó al menos a las madres de muchachos que veían así cierto futuro, al menos. Los viejos, mayores de cuarenta, solo juraban e insultaban.

Los robos se multiplicaban, se hurtaban comida unos a otros, las patotas incomodaban a los vecinos, les robaban bicicletas, ropa. Las mujeres habían organizado comidas comunitarias, donde cada una aportaba algo a la olla común, y se servía un puchero espeso, mezcla de todo tipo de semillas, pastas, verduras, hortalizas, carnes, embutidos.

Los más audaces exploraban la comarca en busca de trabajo. Algunos campesinos aprovechaban la abundancia de manos para contratar trabajos menores por dos pesos. Al fin de la jornada los trabajadores ahora rurales volvían con sus moneditas a comprar algo al mercado.

Otros empacaban sus cosas y se marchaban para siempre. Sin mayores explicaciones, con una promesa de futuro en la otra punta del país, se alejaban los emigrantes: sus hijas llorando a sus novios, las mujeres dejando a sus amigas de toda la vida.

En poco tiempo la Ciudad estuvo en silencio, con pocas gentes con ánimo para conversar o tomar el sol en la vereda. Hasta los chicos iban al colegio casi sin hablar, pobres.

***

Al fin una mañana, en lo más crudo del invierno, ahí cuando se congela el agua de los charcos, llegó la noticia: La Fábrica pasa al Ministerio de Producción. Febriles comentarios de los vecinos, reunión en la municipalidad, algún pesimista gritando obscenidades. Lo de siempre.

La verdad es que la Fábrica estaba muerta. Una maniobra política no podía devolverle vida a un Producto ya inútil, superado por la importación de un sustituto diez veces más barato, desde algún lugar de extremo oriente. El cadáver de la Fábrica pasaría ahora al Ministerio de Producción, a cargo de un Ingeniero cuyos objetivos eran producir desde acero hasta caramelos, todo con el sello: “Hecho en la Patria” para alentar, decía, el “sano nacionalismo” entre las masas.

Todo esto me lo iban explicando Pedro, y, especialmente Celia. Su Jefe quedaba a cargo de la Gerencia Administrativa y a ella la ascendían a Jefa de Contaduría: salario de ocho mil pesos, chofer y teléfono sin cargo. Guau! le grité mientras me contaba las noticias y me enteraba de la maniobra de vaciamiento que protagonizó la anterior dirección.

De todo esto hablaba esos días con Eliana, mi nuevo amor. Ella me miraba como sin entender. Sabía que Celia me llamaba a menudo y no podía evitar ponerme cara de odio.

Sabía también de mis anteriores delirios sobre volar la Fábrica. Hasta le mostré, en un baúl, los explosivos y le enseñé lo básico. Le brillaban sus hermosos ojitos.

***

Así fueron las cosas, en resumen. Celos, una damita muy audaz, celosa de la experta Celia. Leyó, secretamente todas mis notas, ató cabos, habló con Paco. Y lo convenció al muy tonto. Todo a mis espaldas.

Qué buscaba: todo, llamar la atención, hacerme un favor cumpliendo mi deseo de volar la Fábrica, desplazarla a Celia arruinándole su fabuloso empleo, encontrar unas historia para contar, ser protagonista de un hecho extremo, feroz, único. Obligarme a escapar con ella a la otra punta del mundo, correr la aventura de huir de la policía, sentir la adrenalina correr por la sangre. Todo lo que cabe en una cabeza de 17 años, en una Ciudad dormida, atacada de parálisis, estupidizada ante la contemplación de su monstruo herido de muerte. Una ciudad a punto de decaer sin prisa, pero seguro.

Entonces, señores del jurado: mi novia voló la Fábrica. Todas las sospechas cayeron sobre mí, la muy tonta no pensó en eso. Me aprehendieron esa misma tarde, cuando aun humeaban los restos de la fábrica. Pero soy inocente: debo acusar a mi amor, a la dulce Eliana de esta desmesura, ayudada por el simple de Paco. Pedro no tiene nada que ver: ninguno de los miembros de la Red de Conspiradores, a excepción de Paco, tuvo algo que ver con la voladura. Pero, señores: ella es inocente, fue su loco amor, su juventud la que inspiró sus actos. Ningún objetivo político, ningún cálculo, solo su irrefrenable sangre, la locura que mueve sus caderas y que, confieso, me vuelve loco a mí. Es aun menor de edad, no es responsable: cumplió el deseo oculto de todos nosotros, el terminar con el temor, con la prepotencia, con el sinsentido, con la opresión, la inutilidad, la falsa seguridad, el estancamiento, con la vieja e inútil Fábrica Estatal. El destino actuó a través de Eliana. Ahora deberemos encontrar otro sentido a nuestra vida. Muchas gracias.

Thursday, May 31, 2007

Women In Art

Mulher, sempre mulher

Vinicius de Moraes

Sunday, May 27, 2007

La Fábrica Estatal, segunda parte

Recibí un Telegrama, de La Fábrica: ESTA DESPEDIDO, PASE A COBRAR.

Mi aullido debió haberse escuchado en todo el barrio: la gente se agolpaba en la puerta y yo solo atinaba a mostrarles la sentencia de muerte. Me compadecían, recibí algún abrazo, pero el ánimo era de curiosidad, algo parecido a ir a un velorio y querer saber como es la Muerte. Yo era un muerto en vida, una escoria, un desgraciado que confirmaba los miedos ancestrales de la Ciudad. Había recibido el castigo de las autoridades de La Fábrica, “por algo sería, a mi no me puede pasar nada, ¿no?” me decían esas miradas. Casi me pedían consuelo, ellos a mí:” usted cometió una tontería ¿no es cierto? En cambio yo, je… Yo soy una persona con buen sentido, templanza y amabilidad.”

Cuando apareció Dora, echó a los vecinos, me dio una sonora cachetada y se encerró en la habitación a llorar. Opté por ir a casa de mis padres.

Me enteré después, que mis entrevistas con Pedro en la Taberna fueron mi delito: juicio y castigo sin apelación. Cobré mi último salario y me dispuse a morir en vida: solo, sin trabajo, sin honor.

Pero me decidí a realizar una loca acción. Le haría caso a Pedro: volaría por los aires la maldita Fábrica.

***

Me puse en contacto con Pedro, pero no ya en la Taberna sino en un sitio remoto y escondido: una cabaña en mitad del bosque, utilizada por turistas en el verano. Pedro apareció con un tipo (treinta años, piel amarilla: nunca toma sol, odia la Naturaleza, lee mucho, tiene revoluciones metidas en sus neuronas, no sabe amar, pero es buena persona, imaginé en una fracción de segundo)

- ¿No pensarás que lo que te dije fue en serio, no? -empezó.

- Pues fíjate que si, que me lo tomé muy en serio. Pienso que hay que volar esa fábrica, que explote, desaparezca.

-¿Simplemente porque te echaron pretendes que en este pueblo todos queden en la puta calle, sin trabajo? -Insistía.

- Somos esclavos, hay que destruir la cárcel…pero acaso no lo decías tú: ¡volar esa mierda! Y por encontrarme contigo en la Taberna es que me despiden y ahora me vienes con que era en broma, te vas a cagar, Pedro.

- Calma Leo. Que lo que yo quería era provocar un vuelco en tu pensamiento, que te cuestionaras la existencia de ese antro del cual este pueblo depende y que es el que no lo deja crecer. Organizan nuestra vida social, manejan el Centro Comunitario, hasta los matrimonios son auspiciados por La Fábrica. Disponen de esta cabaña para el verano, organizan concursos, kermeses, festivales, invitan a artistas nacionales a sus recitales, ¡joder!: nos pagan con espejitos de colores todo lo que nos desangramos ahí adentro, pegando cables de mierda en un producto de mierda.

- Tú no pegas nada, nunca trabajaste ahí -le contesté.

- Es igual: todos en este pueblo de alguna manera trabajamos ahí. Escucha. Hay que cambiar las cosas, tenemos que seguir hablando. Este es Paco: un discípulo. Creo que podrán ser buenos amigos…

- Hola- me saludó Paco algo cortado.

- Hola. ¿Y el tema de que va? ¿Como deshacernos de los monstruos que nos dan vida y nos la quitan, al mismo tiempo? Yo ya decidí qué hacer.

***

Ese invierno el precio del Producto de precipitó, cayó a su peor pozo desde la Guerra y entonces el pueblo supo, al fin lo que era una crisis. Ya no se trataba de diez o veinte suspendidos o de tres o cuatro despedidos: el 14 de abril de 19.. se publicó el Parte de Crisis Nro.1:

La Fabrica Estatal ha sostenido durante décadas al progreso de esta localidad. Más allá de vaivenes de la economía, la voluntad de mantener activos los puestos de trabajo y colaborar con las instituciones de la Comunidad se ha mantenido invariable, constituyéndose así en un blasón, en un emblema que mostramos al País con orgullo.

Pero, hoy debemos tomar una decisión dolorosa e inevitable: el precio del Producto bajó a los niveles más ínfimos. Las ventas se desplomaron, los mayoristas devolvieron sus pedidos, la cadena de pagos se cortó, nuestros proveedores exigieron pagos en efectivo contra entrega. Así no se podía continuar. El Supremo Comité del Estado pidió rápidos planes de contingencia y nuestros gerentes delinearon estrategias de salida. A partir de mañana se enviarán 556 Telegramas de Despido. Todo volverá a la normalidad luego del Periodo de Excepción que rige desde este momento. Es de esperar que el precio del Producto vuelva a sus niveles normales”

Todos los vecinos salieron a la calle, a llorar, preguntarse causas y efectos, se abalanzaron sobre los periódicos, fueron a la Iglesia, se visitaron, se reunieron, gritaron y gimieron: se sentían exactamente como lo que eran: juguetes, ramitas que la corriente arrastra y lleva donde sea, ratoncitos asustados, cucarachas aplastadas, polvo a merced del viento.

Pero yo no.

Para aquel momento, de la mano de Paco y otros despedidos ya habíamos organizado una Red de Conspiradores cuyo propósito era volar la Fabrica de la Ciudad. Leíamos los clásicos anarquistas, construcción de artefactos explosivos, acción conspirativa, organización en células, doctrina ácrata, misticismo hindú, budismo y espiritismo. Un mundo de sabiduría que desconocía se abría a mi contemplación. Era un éxtasis permanente.

Mientras me perdía por ese sendero, la Ciudad agonizaba. La gente era reincorporada en cuentagotas a la Fábrica. Cada mes, veinte o treinta operarios se integraban al trabajo. Sus celebraciones contrastaban con el silencio de los relegados: los más viejos y los más jóvenes, los más flojos, los quejosos, los discutidores, los bromistas, los débiles, los necios, los muy bajitos, los excesivamente gordos, los demasiado inteligentes, los feos. Todos ellos eran desplazados al limbo. Aguardaban con débil esperanza estar en la Lista de Reincorporados, pero mes a mes se les apagaba el brillo, se les acababa el crédito, se iban diluyendo hasta que se incorporaban a la masa de perdedores, hurgadores de tachos de basura, nómades, locos sueltos.

Yo, sabía, no acabaría así.

Últimamente había comenzado a tener contacto directo con los explosivos que eventualmente elegiría. Me había decidido por la dinamita, dispuesta en torno a un cono que asegurara un enorme poder de penetración. Recordaba las gruesas paredes de La Fábrica, su contundente estructura y el enorme tamaño de su planta. Se requerirían no menos de diez focos, diez bombas de dinamita para voltear semejante arquitectura. Me entusiasmaba el mundo de los explosivos: ya sabía de memoria la característica de la nitroglicerina, la pólvora negra, el TNT, la dinamita. Esperaba ansioso poder probar alguno de ellos, pero sabía que eso era imposible por el estruendo. Me contentaba entonces con leer artículos en la Biblioteca y mirar todas películas de guerra que pudiera. En mi mente se agolpaban términos como Detonadores, Mecha lenta u ordinaria, Cordón detonante y relés de retardo, Barrenos y pegas, Taqueo. ¿Sería capaz de adquirir los componentes, almacenarlos, mezclarlos con seguridad, armar las bombas, colocarlas y hacerlas detonar?

Con Paco, al fin, organizamos una excursión a las montañas. Ahí, perdidos en valles inhabitados detonaríamos nuestros explosivos.

Cuando llegamos al nacimiento de Río Rante al fin mis deseos se cuajaron: armamos las bombas de dinamita, las conectamos a un sistema eléctrico de detonación y…el rugido se escuchó, el aire vibró, la onda expansiva nos tiró al piso, gritamos, aullamos, nos abrazamos, excitados.

Volvimos renovados.

Friday, May 18, 2007

La Fábrica Estatal, primera parte

Ahora que todo pasó, que La Fábrica voló por los aires dejando un enorme pozo negro, chatarra destrozada y un olor persistente a azufre, ahora, repito, es tiempo de contarlo todo.
Esta ciudad vivió siempre por, para y con La Fábrica Estatal. Como una mala copia de esos castillos medievales que coronaban cada población, La Fábrica alzaba sus feas torres y estructuras muy por arriba de los techos de la Ciudad, destacándose como el único poder, la única fuerza que se acercaba un poco más al Cielo.
Nunca supimos qué se fabricaba allí. Solo veíamos entrar diariamente camiones cargados de productos ferrosos, cauchos y plásticos, y salir, ordenados y limpios, unos camiones amarillos, cargados con El Producto. Se sospechaba que era algún componente que intervenía en la industria automotriz, pero ni los ingenieros más sagaces podían asegurarlo.
Alguna vez se formaban grupos de intrépidos que seguían en sus pequeñas motocicletas a los camiones amarillos, pero jamás averiguaron nada: en algún momento de la intrincada geografía de rutas, cortadas, autopistas, calles y pasadizos los vehículos se perdían de vista, desaparecían como tragados por el paisaje y era inútil persistir.
Los obreros (casi todos los hombres de la Ciudad entre dieciocho y sesenta años) sólo mentaban una larga y sinuosa cinta transportadora sobre la cual debían hacer sus tareas: sacar o poner diversas partes, ensamblar cables, remachar metales, pintar, barnizar, etcétera. Nadie sacaba nunca nada en claro.
La otra pregunta era: ¿y a quién le interesa saber qué produce La Fábrica?, no es asunto nuestro.
Yo opinaba así, por ese entonces. Mi destino estaba claro, desde siempre. Tenía veinte años y ya había ingresado a la Sección Maquilado de la División Patronificación. Mi futuro era promisorio: en cinco años ascendería a jefe de equipo, en diez a capataz de maquilado, en veinte ya podría ser supervisor de patronificación, en treinta ascendería a Coordinador de Área, y en cuarenta a Subgerente de Control. Me jubilaría a los 65 y viviría los diez últimos años de mi vida con una jubilación generosa. Qué más podría desear.
Pero otros, en cambio parecían pregonar siempre el descontento: ¿qué pasa si el producto cae en su cotización y cierra La Fábrica? ¿eh? , ¿Cómo sobreviviría en ese caso la Ciudad? ¿Y como podríamos ayudar los obreros a mejorar el producto si no sabemos qué es, para qué sirve?
Los callábamos con nuestros gritos y todo terminaba ahí, con un buen vaso de aguardiente en la Taberna.
Las autoridades de la Ciudad, en especial el Alcalde, trataban por todos los medios de limitar estos debates: publicaban Bandos u Ordenanzas como ésta:

“Señores vecinos: es sabido que nuestra suerte como Ciudad privilegiada depende de las excelentes relaciones que mantengamos con los administradores gubernamentales de la Fábrica. Nuestra progresista localidad, a diferencia de las tristes vecinas de la comarca goza de seguridad económica, una sabia administración municipal y un hermoso balneario a orillas del río. Se ha oído en diversas reuniones de vecinos sugerir que se debería reclamar información a los Gerentes sobre diversos aspectos de La Fábrica. Las autoridades del Municipio informan que serán extremadamente severas con esas personas: se les exigirá el pago anticipado de tasas y gabelas bajo amenaza de Juicio Ejecutivo por Morosidad. Retomemos la tradicional senda del buen sentido, la templanza y la amabilidad”
La gente leía estos bandos, sonreía y juraba algo.

***
Para esa época me puse de novio, como era previsible. Las chicas de nuestra ciudad se dividían en dos grupos, las empleadas de La Fábrica y el Resto: empleadas en la Alcaldía, maestras, administrativas, vendedoras de tienda y enfermeras.
Estaba decidido en el ánimo familiar que a mi me tocaría una del Resto. Así que enfilé mis pasos –es un decir- hacia la candidata: una pálida chica de mi cuadra con la cual cambiaba rituales saludos de buenos días y poco más. Cuando fue evidente para todo el vecindario que éramos el uno para el otro, tomé la iniciativa de invitarla al Baile de Primavera en el Centro Comunitario. Ella pareció sorprenderse y me susurró un cierto “sí”, teñido de sombras de duda.
Nos casamos al año y fuimos a vivir a unos departamentos cercanos a La Fábrica, lo cual me permitiría ahorrar en transporte, aunque a ella la dejaba lejos de su puesto de trabajo como secretaria del Asistente Tercero del Jefe de Sumarios Administrativos del Municipio.
Al mes me nombraron Adjunto Segundo del oficial de Mantenimiento. Y lo festejé con Celia, mi hermosa amante, secretaria del Primer Ayudante de Contaduría. Ella era de La Fábrica: sentía el persistente zumbido de su núcleo, al igual que yo. Allí en La Fábrica se podía percibir la vibración del poder. En cambio Dora, mi mujer, era residente de otro universo, alejado del verdadero corazón de todo.

***

Así vivía yo en esos años de preparación: excitado por La Fábrica, por su magnífico poder y por su callada amenaza de cerrar algún día: cuando bajaba la demanda del Producto se producían despidos o suspensiones temporarias de personal. Terror. Paseaban los supervisores por los pasillos laberínticos y con un leve movimiento de cabeza señalaban a las víctimas. En silencio, mientras los metales de La Fabrica se estremecían chirriando, todos los trabajadores miraban al elegido, lo despedían con la mirada y renovaban sus tareas. Algunos se persignaban.
A mí, como a todos en algún momento, me tocó. Fui elegido junto a veinte más para “tomar un Descanso Programado” como se leía en el Telegrama que recibí dos días después de la seña del supervisor.
No puedo relatar acá mi terror. Perder el trabajo en La Fábrica te convertía automáticamente en un marginal: perdías el crédito, te desafiliaban del Centro Comunitario e incluso en tu Iglesia podías sufrir discriminación. Claro que una suspensión temporaria no era el Despido Definitivo, pero…por algo se empieza y todos los casos de despido fueron precedidos de “descansos programados”.
Yo ya tenía el mío. Dora me miró con reproche y me preguntó
- No habrás estado alborotando a los jefes con preguntas impertinentes sobre El Producto y todas esas bobadas.
- Pero no, querida. Sabes bien que soy una pieza perfectamente adaptada al sistema. Se trata de un descanso, una pausa que me proponen para cambiar un poco de aires.
Me miró como con una mezcla de desprecio y lástima.
- Suerte que yo sigo con mi trabajo en Sumarios –agregó con rencor.
Se fue y me dejó en la cama, dispuesto a disfrutar de mi obligado descanso.
Dormí hasta el mediodía. Leí las noticias, escuché la radio, leí algún libro olvidado, ojeé cartas viejas, garabateé en un cuaderno, miré el techo, dormité otra vez. Llamé a Celia. Le expliqué mi nueva situación. No se enojó, pero tampoco pareció conmovida por mi angustia: solo murmuró algo y pretextó un apuro para colgar. Después recibí una llamada de Pedro, uno de los alborotadores de Taberna. En resumen: que se compadecía, que estaba muy mal lo que me habían hecho y que me invitaba a hablar con él, esa tarde, en la Taberna.
Fui, más por aburrido que por interesado. Ahí estaba, con su pipa y su larga barba, tomando el coñac de la tarde. Nunca había trabajado en La Fábrica. Era maestro, literato bastante malo, había intentado ser concejal, un fracaso, en suma.
- Hay que volar por los aires a esa bolsa de mierda que nos está acabando. – me lo dijo así, de primera, sin preámbulos, por lo cual me puse de pie y me fui de ahí sin saludar. Habrá gente loca, pensaba mientras corría hacia mi casa.

Cuando, días después, retomé el trabajo sentí un lejano rencor, que nacía del centro de mi cabeza: como una sirena remota que indicaba alarma. No le presté atención y me sumergí en la inmensa Fábrica, ansioso por retomar el trabajo, entusiasta por reparar la mala imagen que había dejado en mis jefes.
Debo describir ahora la sensación de pequeñez que te invadía al entrar a La Fábrica. Toda referencia cotidiana: una ventana, la cocina de tu casa, el autobús, perdía allí todo sentido. Las puertas, por empezar, eran como la entrada al Paraíso o al Infierno, supongo: de una dimensión inabarcable, gruesas, firmes, duras, eternas, marcando de una vez y para siempre que el afuera quedó atrás y ahora, niño, estás Adentro. La inmensa sala central se perdía entre las brumas y los vapores generados por las incontables máquinas que bordeaban la zigzagueante cinta central, la gran columna vertebral que juntaba las dispersas naderías que los diversos operarios contribuían a conjuntar. El Producto iba avanzando por esa cinta, recibiendo el homenaje que cada Grupo Operativo de Tareas le rendía: unos tornillos, algún conductor, válvulas, cableados. Naderías.
Unas extrañas tuberías bajaban, subían, se cruzaban en diagonal, rotaban, te rodeaban, impidiéndote ver más allá, hacia el techo, que presumíamos se extendería en algún lugar.
Cuando cada cual ingresaba a su Área Operativa la visión se estrechaba: solo veías un muro gris separándote del resto del mundo. Te concentrabas entonces en lo único vivo que había por allí: la Cinta trasportadora y su preciosa carga.
A veces, no se sabe cómo, veías un papel sobre la cinta, un mensaje, una carta de amor, una amenaza. Por lo general eran malas palabras, inmensas y obscenas puteadas. Al rato, la cinta se detenía y una voz amenazaba con sanciones infinitas “al gracioso de turno”.
A las dos horas de trabajar sobre la Cinta, podías tener un descanso de diez minutos. Ir al baño y estirar los brazos, fumar y leer apresurados algún diario y nuevamente a trabajar. Ocho horas así, mirando la Cinta y el Muro gris.
Ese día, reincorporado en activo al proceso productivo, pasó sin incidentes: solo un desmayo en la Sección Pivoteo. Vi pasar a un par de Sanidad, con una camilla y, al rato, el urgente traslado de un viejo. Los enfermeros bromeaban entre ellos, como siempre hacen en todos los institutos de salud del mundo. Dicen que así contribuyen a tranquilizar al paciente, haciéndole ver que lo suyo no es grave. Pero ese viejo echaba espuma por la boca y parecía morirse y ellos seguían bromeando sobre las chicas que conocieron anoche.
Cuando al fin volví a casa, saludé a Dora con un sonoro beso: todo había vuelto a la normalidad. Ella me devolvió el beso y fuimos a la cama, por primera vez en tres meses. No estuvo mal. Pensaba en Celia.
Al otro día recibí un llamado de Pedro, el crítico de Taberna. Se disculpaba por la brusquedad del anterior encuentro y me invitaba a charlar “sobre la vida” esa tarde. Acepté. Estaba extrañando algún amigo, quizás este excéntrico pudiera ser buena compañía. Es cierto, tenía amigos. Pero adivinaba en ellos la misma agónica rutina que los hacía idénticos a mí. Y eso me aburría. Los quería, pero eran tan previsibles como las románticas películas que veíamos en el Cine, los sábados.
Eran todos muchachos de mi barrio, de mi escuela, todos trabajaban en La Fábrica y todos ya estaban casados con las respectivas vecinas. Íbamos todos al Centro Comunitario a jugar al fútbol y a beber cervezas.
De vez en cuando alguno de nosotros se largaba a llorar, entupidamente. Quizás alguno recordaba un sentimiento fuerte, un deseo les afloraba, ganas de mandar todo al diablo y escapar de La Ciudad y su bendita Fábrica. Pero duraba solo unos instantes, jamás había preguntas ni explicaciones.
Me atraía Pedro: parecía sapo de otro pozo, tenía una historia para contar.


(Continuará)

Thursday, May 10, 2007

Mi primer cuento: Navegando por la Net


Navegando por la net, como es mi costumbre desde hace unos meses, me encontré con este curioso documento que paso a reproducir.

«Tengo un descubrimiento, una alegría que comunicar.

»Como se sabe, la vida se nos va, cada día. Nos despide en cada mirada fugaz, irrepetible, en ese trozo de conversación que escuchamos en el bar, y que nunca volverá.

»Dirán que estoy deprimido, que estos pensamientos sólo los tienen los suicidas o los locos. Pero la verdad es que me he pasado los últimos treinta años de mi vida despidiéndome de ella, como todo el mundo.

»Me despido, cada mañana, del trocito, circular y verdoso, de pasta dentífrica que uso. Me da nostalgia saber que ese trozo, justamente ése, nunca podrá saber cómo me irá durante el día que comienza.

»Ni que hablar de la lechuga del mediodía o del café de la tarde. Se me hace un nudo en la garganta recordar, también, el diario de ayer, yaciendo al lado de la bolsa de basura.

»Harto de nostalgia, hace pocos meses decidí guardar todo.

»Así, con una herencia oportuna (de un monto bastante considerable) compré un enorme depósito por Nueva Pompeya.

»Lo primero que acomodé fueron los infinitos papeles que juntaba en los cajones de mi escritorio (cartas, facturas de luz, pruebas escritas del secundario, pañuelos de papel, diarios de 1967 a 1985).

»Más dificultoso fue poner en práctica el proyecto de guardar todo. Quiero decir, todo lo que pasa por mis manos. Libros, boletos, billetes, escarbadientes, bifes, tornillos.

»Al principio me organicé de tal forma que todas las compras fueran de dos unidades, de cualquier cosa. Deme dos diarios, deme dos caramelos, deme dos paquetes de Jockey.

»Uno, pobre, el que desaparecería, era consumido normalmente. El otro, su doble, tenía destino de eternidad: lo almacenaba en mi depósito de Pompeya, al cual concurría con mi botín al fin del día.

»El problema, claro está, eran las comidas fuera de casa. Al principio el pretexto era que tenía alguien enfermo en casa y entonces marchaban dos espaguetis a la boloñesa, uno para llevar.

»Como el procedimiento era engorroso y poco creíble, decidí no comer más fuera de casa. Rechacé invitaciones y produje absurdas combinaciones de horarios con tal de poder comer en casa. Siempre.

»Otro tema eran las compras. Los almaceneros, carniceros y diarieros del barrio no terminaban de acostumbrarse a mi sistema. La sonrisas y comentarios en voz baja me fueron alejando cada vez más, en busca de nuevas caras. Vivo en Palermo. La última compra de cigarrillos la hice en Flores, a la altura de Rivadavia al 8.000.

»El supermercado es ideal. Allí nadie se sorprende de mi empeñosa manera de comprar todo doble.

»En mi depósito, clasifico el material por día, semana, mes y año. En las heladeras industriales que compré en remates, acumulo lomos, tomates y huevos. Trato, en general de evitar alimentos frescos, así que opté por dietas macrobióticas, plenas de granos y pastas imperecederas.

»Veo, lógico, dos veces cada película. La videocasetera actúa diligentemente en mi ayuda, permitiéndome ver cada programa dos veces. Mi videocámara me acompaña casi siempre, por lo que, al fin del día, repaso todo lo que viví. Lo mismo, el grabador portátil que siempre me llevo en el bolsillo.

»Vivo intensamente. Y revivo todo. Y eso lleva tiempo. Así que he introducido el insomnio como vocación, más que como condena.

»Rememoro —que no recuerdo— casi todo. Cuando no ubico qué comí el 23 de agosto de 1994, tomo un taxi hasta el depósito, recorro las estanterías y compruebo con exactitud aquella cena. También recupero lo que leí mientras cenaba y qué programa de televisión disfruté en la sobremesa.

»Un problema mayúsculo es la gente. Como se comprenderá me resulta difícil duplicar personas. Opté por minimizar mi contacto con ellas. También, naturalmente, amigos y conocidos comenzaron a alejarse, seguramente debido a mi insistencia en fotografiarlos o filmarlos, pensando en que era presa de algún mal incurable.

»Despedí a mi mucama y realizo casi todas mis operaciones bancarias a través de cajeros automáticos. Salgo cada vez menos, a excepción de mis travesías en busca de cigarrillos o mis visitas al súper.

»La tecnología de fin de siglo me ayuda, debo reconocerlo. No es necesario ir a los multitudinarios cines de antaño. Ahora con el cable o el videoclub, paso mis horas de espectador sin tener que compartirlas con nadie.

»El teléfono, fijo y celular, la computadora, el fax, el cable, el correo electrónico, los videojuegos, las redes informáticas, el módem, el escáner, la radio y la televisión me permiten interactuar con el mundo de manera casi perfecta sin necesidad de tocar a nadie. En ese mundo de copy and paste, de record and play mi vocación por la duplicidad se expande al infinito. Sin ningún costo obtengo una copia de la realidad, exactamente igual a la realidad. El mapa sí es el territorio. La vida puede retenerse, guardarse, copiarse, archivarse y recuperarse eternamente.

»Ése es mi descubrimiento, mi alegría que, reconozco, no es plena porque no puedo conversarla con nadie, a riesgo de que el hechizo se rompa. Sólo me queda distribuir el presente documento por la net, a la espera de respuestas a la dirección de email artgonza@data.com.ar

»Gracias.»

Pip.

©1995

(Publicado en Badosa.Com; octubre 2000)

Tuesday, May 08, 2007

Autobomo: comentarios sobre mis blogs

Antonio Giossa es un uruguayo enamorado de la web, que creó su propio blog (http://bustismos.blogspirit.com)

Tuvo la amabilidad de publicar una sátira mía sobre los "ecologistas" entrerrianos y su llegada al poder. Las repercusiones fueron inmediatas: transcribo los comentarios del primer día.

(un poco de autobombo no le viene mal a nadie):


Estimados:

Todos sabemos que Internet - y en particular, la blogósfera - es una fuente inagotable de riqueza literaria. Y, en algunos casos, hay joyas ocultas que casi nadie conoce. Pero están ahí.

Hoy de mañana recibí un e-mail de Esteban Lijalad. No lo conocía, pero me pedía que publicara un cuento de ciencia ficción, divertido, sobre un posible conflicto bélico entre Uruguay y Argentina. Me divirtió muchísimo, principalmente las referencias al discurso del venezolano Chávez.

Lo cargué en mi blog y, presto, comenzaron a caer varios comentarios. Todos elogiosos. Me extrañaba la no-aparición de algunos "clásicos" del blog, pero por intercambios de comentarios por correo electrónico descubrí que estaban ocupados... leyendo ávidamente los blogs de Esteban.

En particular - y como fanático de Asimov - me encantó el corolario de las Leyes de la Robótica. Y, tomando en cuenta el conflicto por las "papeleras", me divirtieron los tres o cuatro cuentos o historias que hay al respecto. Una visión muy ácida y crítica sobre la irracional postura de los asambleístas, que esconde mucho de politiquería barata de puntero peronista cubierta a las apuradas con un poco de pátina ecologista.

Para mi asombro, los blogs de Esteban no tienen casi comentarios. Eso, en lenguaje de los blogs, significa que no tienen muchas lecturas. Y, justamente, Esteban me lo terminó por confirmar en uno de los comentarios que dejó en mi blog.

Agradeciendo las más de tres horas que pasé divirtiéndome de lo lindo con sus cuentos, permítanme sugerirles la visita a los blogs de Esteban Lijalad. Y, si están interesados en comentarles su opinión, pueden enviarle mensajes a estebanlijalad@uolsinectis.com.ar. Estoy seguro que agradecerá la atención y lo motivará aún más a seguir escribiendo. Si escribía con ese nivel, aún pensando que nadie lo leía, lo que será ahora...

Los blogs...

Cuento Semanal
http://cuentosemanal.blogspot.com
http://cuentosemanal2.blogspot.com
Monología
http://monologia.blogspot.com

Un abrazo a todos.
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Antonio F. Giossa
Buenos Aires | Argentina



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Antonio Giossa
PD: En un intercambio de emails con él, le pregunté el motivo del retorno del 'Cejas' y me respondió que, en Uruguay, Sanguinetti es eterno... Espero que se equivoque :)

Anotado por: Antonio Giossa | martes, mayo 08, 2007

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Me entretuve largo rato y aun sigo disfrutando enormemente la lectura de los blogs de Esteban.

Antonio, ¿es el mismo Esteban que escribe comentarios en tu blog?

Un beso. Lucia.

Anotado por: Lucia | martes, mayo 08, 2007

que hago??? que hago???

¿¿me quedo con Bustismos de Antonio, que me divierte y me informa o mejor me quedo con Cuento Semanal de Esteban, que me divierte como loco y estoy seguro que me convertiré en un fanatico???

Ya se

Sigo leyendo los dos!!!!!!!!!!!!!!!!

Felicitaciones al blogger Esteban y adhiero a la consulta de Lucia. ¿Es el mismo Esteban que postea muy buenos datos en Bustismos?

Un abrazo fuerte a la barra del blog

Juan Alberto
Uruguayo residente en Mexico DF

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Muy bueno !!!
Lastima que no comenta la triste historia de lo que ocurrio con FILANDIA a partir del 2009.
El archi-contaminado-contaminante pais empezo a sufrir las terribles consecuencias de su maldad papelera. Fue durante la primera presidencia de Linus Torvald que empezaron los primeros casos, que si bien eran aislados no por eso menos preocupantes:nacian niños con extrañas malformaciones etico-sociales. Al principio se desconocia esta extraña patologia, sin embargo expertos sudamericanos llegaron a una conclusion alarmante: sin lugar a dudas los FILANDESES estaban dando a luz a hijos peronistas !!!
Finalmente este detestable pais estaba al fin pagando sus pecados !!
La situacion fue empeorando rapidamente, su sociedad se fue descalabrando, argentinizando, tinellizando, maradonizando hasta llegar a un grado practicamente disfuncional.
Alrededor del 2015 un grupo de maestros cortó todas las vias de acceso al pais, aeropuertos y comunicaciones incluidos. A partir de ese momento no existe informacion fidedigna de que es lo que realmente ocurre detras de la "Cortina de Papel"

Anotado por: Perikles | martes, mayo 08, 2007

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Conozco el blog de cuentos semanales desde hace varias semanas y confieso que disfruto la lectura de lo que sale de la imaginación y el conocimiento de Esteban. Lo adoro.

De casualidad entre hace una semana a este blog gracias a un link en blogalaxia y encuentro que mi blog preferido tambien es promocionado aqui. Que felicidad!!!!!

Gracias Antonio por compartir sin problemas la nota de humor de Esteban y publicar gentilmente los links a los blogs de el.


Diablita argentina

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Con respecto a los blogs de Esteban, aún sigo prendido a ellos, leyendo sin parar.
E X C E L E N T E S ! ! !

Saludos.

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Antonio Giossa

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Esteban:


Mis felicitaciones, voy por la mitad de la lectura de tu blog y sigo sin parar.


Andrés Lagomarsino.

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Yo recomiendo leer atentamente la nota titulada "Pasteras: Razón o locura" escrita a mediados del año pasado.

Extraigo como ejemplo lo siguiente:

El asambleísmo, esa forma elemental de pseudodemocracia -donde triunfa el más enfático, el más sensiblero o el más audaz, nunca el que expone el mejor argumento- intenta transformar a Argentina en una inmensa y permanente arena de debate, donde “el pueblo” decide sobre todo: justicia, economía, trabajo, ecología, cultura. Las “masas movilizadas” (o sea: los 500 asambleístas de Gualeguaychú) se arrogan el derecho de dictar nuestra política exterior; los 100 padres, quien gobernará Buenos Aires; 40 militantes de FUBA, quien gobernará la UBA, y así sucesivamente.

El link:
http://monologia.blogspot.com/2006/12/pasteras-razn-o-locura.html

La Profe.-

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Recomiendo plenamente todos los escritos de Esteban Lijalad en sus blogs, pero destaco en particular algunos:

Socialismo social
http://monologia.blogspot.com/2007/05/socialismo-social.html

Calentamiento Global: no te calentés
http://monologia.blogspot.com/2007/04/calentamiento-global-no-te-calents.html

Y un aplauso para Poesía de Crisis (http://monologia.blogspot.com/2007/01/poesa-de-crisis.html), me daba la misma sensación cada vez que escuchaba a ese notero del informativo de Canal 13. Se mete en el barro de una chacra de Entre Ríos, inundada hasta la copa de los árboles, con animales muertos y paisanos obligados a abandonar su casa y su tierra; y al notero le sale flor de nota en poesía, igualito igualito a como lo comenta Esteban.

Gil Grissom
Miam, FL

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a mi el que mas me está gustando es 'Australopitecus'. Y junto con el me gusta muchisimo "Piteca', la historia de la hembra que se hizo mujer.


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Mis dos preferidos.............

Meteorologías

Las Tres Leyes de la robótica y un Corolario

Pero están en http://cuentosemanal.blogspot.com/, el primer blog de Esteban casi al final, abajo de todo.

Andrea Lombardini

Agradezco los elogios. Mi sorpresa- creia que NADIE leía mis blogs - se mezcla con el entusiasmo de haber dado con un espacio en donde no reina la agresion, como en tantos foros, sino el respeto.
Me impuse el deber de mantener mis blogs porque sabía que a la larga "alguien" daria con ellos. Prece que llegó ese día. Gracias a todos.
Esteban

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Dear Esteban:

Congratulations! You have an excellent blog and very good stories!

Keep writing!!!!

Yours.

Paul Steimberg
London
, UK

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Antonio: Muchas gracias por divulgar el blog de Esteban.
Es brillante! De alguna forma más o menos entrecortada no he parado de leer sus escritos entre trabajo y estudios.
Sería injusto decir cual me pareció mejor, pero en todos hay una sensibilidad exquisita acompañada de una narración impecable. Ahora si es por mencionar alguno recomiendo, además de los que ya dijeron, Idioma Unico.

De todas maneras, quisiera hacer un llamado de atención sobre el comentario de Marcelo, el segundo de todos.
Abrazos

Anotado por: Luis Anastasía | martes, mayo 08, 2007

Tuesday, April 24, 2007

Mancha

Lo veo por la pantalla de la tele, como casi todos los días, ya. Luce perfecto en su perfecta mediocridad: esa cara de buen militar latinoamericano, esa perfecta puesta en acto de lo que en potencia era ese ser apenas nació. Como diría Ortega y Gasset (que dijo algunas cosas más que “el hombre y su circunstancia”) Chávez cumple su destino de militar Latinoamericano a cabalidad, su belleza se ha extendido desde la potencia al acto de forma consistente y, válgame dios, perfecta. Chávez es perfecto en su odiosa fealdad milica latinoamericana. Uno al verlo se lo imagina – perfectamente- arengando a la tropas, departiendo con los subordinados, haciendo bromas de macho caribeño bajo los efectos de algún ron dulce, ahí tarde, después de cenas y prostíbulos, sin esposas formales a la vista, despachándose a gusto.

Lo veo por la TV, casi inmaculado, despotricando contra algo o bromeando contra alguien, Bush, el Etanol o algo así. De pronto le veo una diminuta imperfección. Como si el plano de su diseño hubiera incluido por error una pequeña cagada de mosca: marrón, alargada, fea. En la frente le veo una cagarrona de mosca, un grano insolente que viene a alterar los planes de perfección milica: ni un pelo de más, ni un bigote o barba castrista sino apenas ese corte de cabrón de cuartel, sin un pelo fuera de lugar.

Pero ahí está esa cagarrona, y sonrío.
Quizás, fantaseo, sea el comienzo de su fin. El tipo todos los días , a esas horas imposibles en que se levantan los militares, cinco o seis de la madrugada, se va a afeitar. Se mira en el espejo, sus aun menos de 50 años brillan en todo su esplendor, a excepción de esa diminuta cagarrona que le nació hace poco en la frente, a un centímetro de su casco de pelo.

Le preocupa. Lo angustia un tanto. Empieza a imaginar que le crecerá, le nacerán pelillos de esa mancha negra, su frente se irá cubriendo de a poco de ese cáncer negro y peludo que le atraerá la atención de la gente, ya aburrida de sus cuatro o cinco horas diarias de discurseo. Entonces la gente, el pueblo, el glorioso pueblo venezolano, empezará a entretenerse con su mancha. Será la comidilla: que está más grande, que tiene forma de pera o de manzana, que esta más amarronada, que se le notan unos pelos…
Nadie, al final, escuchará sus arengas. El Socialismo del siglo XXI, esa construcción retórica basada en el puro discurso y el novedoso expediente de estatizar empresas para transformarlas en burocracias aptas para amigos, empezará a menguar su entusiasmo. Atraerá más el acontecer de su mancha que las palabras incontenibles de su verba.

Y ahí me entusiasmo yo . Y llego casi a extrañarlo, quiero ver su bendita mancha, comprobar si crece, se desarrolla, se proyecta hacia el futuro, si envuelve ya la frente del Caudillo prefigurando su final y el de su socialismo pretérito e imperfecto.

Thursday, April 19, 2007

Una historia del mundo

In memoriam Italo Calvino

Creación

El centro de la Tierra gira más rápido que la superficie

Un grupo de científicos estadounidenses descubrió que el centro de la Tierra gira más rápido que sus capas superiores.

"Lo que estamos diciendo es que el núcleo central rota ligeramente con más rapidez. En otras palabras, cada día rota un poco más que la corteza y el manto terrestre”.

Este fenómeno, llamado "súper rotación" es de entre 0,3 y 0,5 grados cada año. Lo que significa que, en 900 años, el centro de la tierra habrá completado una rotación más que el resto del planeta.


En efecto, yo estuve ahí. Recuerdo que tuvimos algunas discusiones con wertqx2 y el mismísimo dios Terruno (en aquellos años primigenios era bastante común cruzarte con el dios local y charlar sobre planes futuros. Yo mismo, recuerdo, le sugerí que sería bueno ver brillar algo de noche, para no extrañar tanto al sol. Luna, la llamó)

El asunto fue que con mi amigo wertqx2 – un gas inerte- mientras nos observaba la proto molécula orgánica HOC5O4 (Jé, cuantos recuerdos...) apostamos a quién llegaría antes al centro del planeta. Mi amigo insistía en que el centro sería un plasma entre líquido y sólido, lleno de áreas de paso, fácilmente franqueable. Yo, por el contrario, aducía que podríamos llegar hasta cierto punto, pero que la materia se volvería tan dura y comprimida que sería imposible seguir avanzando. Ahí fue cuando consultamos con Terruno, requeteocupado , juntando material para crear la Luna . Casi no nos atendió. Lo que recuerdo es que dijo con una enigmática sonrisa: cuando lleguen verán algo muy especial.
No le pudimos sacar ni una sola palabra más. Ni HOC5O4, esa seductora protomolécula pudo ablandar al dios local. (Guau, que linda era...)
Así que, acicateados por la duda y con el afán extraño de descubrir- justo en un momento en que más que descubrir lo existente era más tentador adivinar lo porvenir; por ejemplo cómo sería esa bendita Luna, qué órbita recorrería, etc.- digo que mientras la mayoría de nuestra gente (átomos sueltos, premoléculas, algún neutrino y los inefables rayos gamma) escudriñaba las novedades del cielo (parece que había una competencia entre dios Terruno y el dios Martuno por ver quien hacía el planeta más elegante) nosotros queríamos sumergirnos en la profundidad, no se sabe bien para qué.
Tenía una sospecha. Y HOC5O4 tenía que ver con esa sospecha. No eran celos, exactamente (sentimiento complejo que un átomo seguramente no puede tener) pero teníamos un deseo insistente, irreprimible, de hacer algo realmente original y recibir de parte de HOC5O4 una mirada alentadora, una sonrisa solo dirigida a mi (o a wertqx2, depende).

Un buen día (en aquellos tiempos cada día duraba tres meses de los de ahora, creo que porque el eje de rotación del planeta no estaba aún en la posición que finalmente – tras las muchas vacilaciones de nuestro hamletiano dios local- iba a tener, mil millones de años después), un buen día nos decidimos; y cada uno por su lado , nos metimos en el magma hirviente en busca del Centro mismo del mundo.
No voy a aburrir con detalles. Penetrábamos rápido : nada nos quemaba, nada disolvía nuestra estrecha unidad Proton-Neutron- Electrón , ninguna fuerza normal podría hacerlo (al menos hasta 1945), nada nos impedía por lo tanto sumergirnos cada vez más en la entraña de la Tierra.

Ver, no veíamos nada: ni siquiera nos hacíamos esa pregunta. Nuestros sentidos no eran los de ahora. Nosotros sentíamos a través de las vibraciones, que venían a ser una fuente maravillosa de información.

Atravesamos mares de hierro líquido, cascadas que fluían hacia el centro, contrapuestas a chorros de alta presión que emergían desde abajo con fuerza inusitada. Todo bullía, tal cual como una sopa en el caldero: los trozos de calabaza emergen de pronto, desplazando a la batata y siendo desplazados a su vez por el repollo. Para evitar ese circuito tratábamos de aferrarnos a las cascadas de lava que caían y saltar en cuanto la contracorriente nos tiraba para arriba.

Así llegamos.

No les voy a mentir: me emocioné. Una esfera inmensa, oscura, sólida rotando inmersa en otra enormemente mayor, líquida, casi transparente. Esa era la maravilla que Terruno, alabado sea su nombre, nos tenía reservada. Solo nosotros dos, mi buen amigo y competidor wertqx2 y, yo, un servidor: qwerty, tuvimos el privilegio de ser testigos de esa osadía. Lágrimas no podían derramar mis no-ojos (en aquella época abundaban los prefijos negativos: por ejemplo decíamos: tenemos una No-luna muy linda; espero que esa No-pantera no me ataque Pocas cosas existían y pocas tenían nombre asignado), pero ambos nos no-miramos en silencio, conmovidos.

Entonces, algo tiró de mí y me vi arrastrado hacia esa masa dura: crucé la frontera entre ambas esferas, atravesé varias dimensiones, hice un salto epistemológico (así lo llamaría Althusser cinco mil millones de años despues) y comprendí la esencia del mundo que había creado Terruno.

Esa esfera se movía sutilmente más rápido que la mayor. Y yo me alejaba segundo a segundo un poco más de mi amigo. Noté, sin embargo, que wertqx2 no hacía ningún gesto para rescatarme. En cambio, vi una leve sonrisa en sus moléculas frontales y supe que me dejaría allí, solo y a la deriva, mientras él subiría ansioso, para quedarse con HOC5O4 como premio.

900 años tardé en volver. Un giro completo del núcleo.

Subí rápido, en un chorro de Níquel y aparecí en la superficie de la Tierra, exactamente en el punto en el que un milenio atrás me había sumergido en lo profundo.

Todo estaba cambiado. En esa brizna de tiempo que es un milenio, un leve estornudo de la eternidad, las cosas estaban realmente cambiadas.

Por empezar, en el cielo brillaba la Luna, una Luna apta para cantarle serenatas, blanca, iluminando la triste noche, haciéndola menos negra y borrosa. Sol y Luna.Ying y Yang

Mis amigos wertqx2 y HOC5O4 habían conformado una no-pareja, (un potencial Ying y Yang) que con el tiempo quizás fructificaría en nuevas formas de existencia, blandas, gelatinosas, con la rara capacidad para replicarse y lograr así la eternidad de la descendencia.

Terruno era ya inencontrable. Sus fuerzas parecían haberse agotado después de crear la Luna y enterarse que Martuno -siempre excesivo- había creado dos lunas en Marte. Eso lo deprimió y juró vengarse de algún modo. Tierra y Marte. Ying y Yang

A quién se le ocurre crear una maravilla y enterrarla en el lugar más inaccesible del planeta. Solo yo pude apreciarla. Pero sé, también, que siempre habrá quienes la busquen fuera: en los cielos, en las estrellas, en dioses estridentes y pomposos, sin saber que ella está ahí adentro. En lo más básico de Todo, hay un núcleo que gira y sostiene al resto. Núcleo y periferia. Ying y Yang.

Cuando saludé a mis amigos, sin rencor, supe lo que significa volver a casa. Y no dejé de apreciar en HOC5O4 una emoción especial, un ardor en su forma de no-mirarme con sus no-ojos. Sabía que me había comprado un problema, y que tardaría un par de miles de millones de años en resolverlo: yo quería ser el papá de la primera célula de vida de la Tierra. Y mantener a wertqx2 como amigo: Ying y Yang.

Y así sería para siempre. Nada volvería a ser único y simple. Yo sabía que Él había creado un mundo doble y complejo, a su imagen y semejanza


Singularidad


I

Cuando al fin nació, el Universo entero supo que era una Singularidad. Le recordaba, a cada átomo, ese glorioso instante en que todo existió simultáneamente (aunque esa no es la expresión adecuada ya que el tiempo aun no existía). En fin, les recordaba ese día único cuando todo tomó forma, cuando al fin el espacio nació, se expandieron los primeros átomos, brillaron encendidas las partículas, nació la luz, el sonido, la distancia, la forma, la energía, los futuros dioses y- nadie los sospecharía aun- la autoconciencia y el dolor.

Eso aún requirió muchas eras, en las que lo indiferenciado fue dando lugar a lo heterogéneo, pequeñas discontinuidades, fuerzas que se acumulaban más en un punto que en otro, obligando a las partículas cercanas a detener un tanto su expansión y, quizás contra su voluntad, empezar a adaptar su ritmo al de la singularidad naciente, esas proto galaxias, o proto estrellas, esos agrupamientos de fuerzas que convocaban como en clarines a cerrar filas.

II

En algunos de esos grumos de materia se cocían estrellas y planetas. Y en algunos de ellos, quizás solo en uno, especial, único, se cocía otra cosa.

Algo muy Singular: un trozo de materia con comportamiento… elemental, todo lo que se quiera , del tipo: frio –no, calor –sí. Partículas agrupadas en combinaciones complicadas, donde reinaba el Carbono. Y bullía algo más. Todo el Universo lo sabía, de algún modo.

En alguna charca cálida, en algún momento, el experimento daría resultado: tanto crear comportamientos sin poder traspasarlos a otras moléculas era descorazonador. Las moléculas de carbono ensayaban movimientos distintos, sentían amor y repulsiones (sí a la luz, no a la oscuridad) pero eran incapaces de compartir esas experiencias, traspasarlas, comunicarlas a pares, a conformaciones similares de átomos.

III

Alguna vez , entonces, en el seno de una de esas protovidas algo comenzó a acumular información, con intención de que otra cosa la leyera y actuara como su par. ¿Y qué otra cosa mejor que una parte de si misma? ¿Qué cosa más cercana mí, que yo? habrá intuido Mamá Célula hace cinco mil millones de años.

Entonces, como sucede en las grandes ideas, todo fue simple, bello e iluminador. Se trataba de duplicar la información, creando una doble linea de código, una larga espiral doble para poder replicar en un momento, duplicandoME, pariendoME en dos (Madre>>>Hija), naciendo en el mismo momento, dividiéndose entre YO-TU, una Singularidad enorme, casi tan estruendosa y bella como ese día inicial del Big Bang.

IV

¿Sucedió unicamente aquí, a unos cientos de kilómetros de tu casa? ¿O en aquella lejanía que ni imaginamos? Cuesta pensar que fue acá , en el barrio. Tanto estruendo, tanto Big Bang, tanto Dios, para que , digamos, aca nomás, cerca del Ecuador o en el Pelourinho da Bahia , una molécula extraña con Carbono, Oxigeno y Hidrogeno se partiera en dos, se pariera en dos, se replicara, se duplicara y el Universo- ese portento- creara al fin a su relator, a su testigo, su dolor y su nostalgia.

Nacer

Mi hipótesis es que la tarea original de la conciencia fue anticipar el éxito y el fracaso en la resolución de problemas y señalar al organismo en la forma de placer y dolor si éste encontraba la senda correcta o equivocada para la solución del problema.

Karl Popper, “El conocimiento y la configuración de la realidad”



Al principio todo era sombra. Solo se sentía vivo el tacto, la sensibilidad al frio o al calor. Había también alguna noción de lo mojado y lo seco. Con lo mojado tendíamos a abrir nuestras duras conchas para que entraran briznas de alimento: pedazos ínfimos de carnes muertas, algunas pequeñas gotas orgánicas. De eso nos alimentábamos, sin ojos para ver la luz y el cielo y el sol. Solo una viscosa carne entre las dos tapas duras, que servía para aferrarnos a la roca, a esperar el golpe de ola que nos traía el alimento. En esa vida, parecida a la de una tumba, sin movimientos, esperando simplemente con la boca abierta la llegada de materia, nada había para cambiar, nada estaba mal. Pero nada estaba bien.

Algunos de nosotros sentíamos esa carencia. el vacío. Pero podíamos hacer poco. Yo, a veces lo intentaba. Moverme. Despegarme de la roca. Lo fui logrando de a poco. Al menos eso me permitía en las peores horas del mediodía, cuando bajaba la marea y el sol calentaba, moverme hacia lo húmedo y fresco, escapar de lo seco y caliente. Tardé muchos siglos en lograr algo parecido a unas piernas o brazos y lograr moverme.

Muchos milenios más necesité para darme cuenta de que sería bueno saber qué hay unos centímetros más allá: si un animal listo para devorarme, o una sombra deseable, o un charquito lleno de pequeños bichos. Anticipar algo el futuro, y poder así tomar alguna decisión de dónde dirigirme.

Al principio no sabía cómo. Notaba que diferenciaba día y noche, no solo por la caricia del sol y el frío de su ausencia. Al fin pude expresarlo, imaginarlo: el día resplandecía, era claro, luminoso. Roté, giré hasta que al fin pude determinar qué parte mi cuerpo era más sensible a ese resplandor.

Cuando me sentí capaz abrí un canal y esa parte de mi cuerpo pudo al fin, por primera vez, mirar.

Me cegó la luz directa del sol, aprendí a escapar de ella, aprendí a ver qué hay allá: un peligro o una paz, sombra, luz o alimento.

Así fue que aprendí a aprender. Lo básico: sombras y luces, la silueta de algún animal al acecho, donde encontrar comida, y donde amor. Supe que más que esperar que las esporas de vida se juntaran al azar de las corrientes, era mejor acercarse al otro e intercambiar nuestros jugos para crear nueva vida. Sobre todo, más excitante. Habíamos empezado a ejecutar un juego, cada vez a que llegaba el momento. Porque gracias a los ojos podíamos diferenciar a los individuos. Y podíamos así elegir. Nos mostrábamos, entonces. Algunos empezaban a colorear sus pieles, a mostrar brillos inesperados en picos y uñas. Nos elegíamos así por grandes, o por bellos, o por originales, o por los colores, o por las formas de penachos, picos, colas, alas o patas.

En algún momento supimos que podíamos volar, mudar de lugar, escaparnos del frio o la seca, buscar el lugar más seguro para parir y criar, el mejor para encontrar agua o alimento.

Llenamos el bosque de gritos, alcanzamos llanuras, conocimos otros peligros y otras costas, otros peces para comer, otros gatos para temer.

Nos equivocábamos. Algunos de nosotros morían inclementemente por haber errado en su diseño: achicharrados de calor, o presa de animales más fuertes, o fundidos por cambios climáticos sorpresivos. Había mucho de mala o buena suerte. Y mucho de malos o buenos diseños.

Gozábamos. Cada cacería bien terminada, cada acercamiento con otro, cada amistad, cada amor nos volvían inmensamente felices, como puede serlo un conejo, un águila o el tiburón. Algunos amaban ir en grupo, otros eran solitarios, algunos valientes, otros pequeños y asustadizos.

Cambiábamos. A veces un cataclismo mataba a casi todos y solo sobrevivían los asustadizos y pequeños. A veces todo era favorable para crecer hasta el cielo, ser enormes masas de músculo y garras, dueños de todo el bosque. Otras convenía ser pequeños y muy veloces.

Últimamente, los más inteligentes , refugiados en inaccesibles árboles de la jungla desarrollábamos estrategias de caza en grupo, con jefes y lugartenientes. Y alguna forma elemental de comunicar ordenes o avisar peligros. Nos llamamos “monos”.

Piteca


Al principio los monos del grupo de Piteca, y ella misma, se peleaban a toda hora. Las hembras tenían muy pocos hijos- uno cada cinco años-, nadie se preocupaba por darle de comer a la madre mientras criaba al niño -sobre todo en los peligrosos meses iniciales- y la pobre se las tenía que arreglar sola. Por eso las mamás cargaban todo el día a la cría, mientras buscaban qué comer. Para eso le servían los largos pelos, en los que el bebé se enroscaba, aferrado a la mamá desesperadamente. Es que subían a los árboles y desde ahí, una caída es el fin.

El problema era que con tan pocos hijos, el grupo casi no crecía: eran demasiado pocos, rodeados de enemigos más tontos que ellos, pero más numerosos. La muerte de un niño era una tragedia que ponía en riesgo la existencia misma de la especie.

Otro problema que teníamos es que cuando una hembra se ponía en celo- o sea estaba lista para recibir a un macho y así quedar embarazada- las peleas entre los machos eran terribles. Todos querían ser el primero en acercarse a la hembra en celo. Y así no hay grupo que aguante.

Una solución que algunos grupos adoptaban era que todas las hembras fueran de un único macho, El Macho Dominante. Papito. El tipo normalmente era el más grande, el más alto, el más fuerte, el más fiero. En algún momento de su vida había desafiado al Macho Dominante anterior y lo había vencido. Ahora era él quien disfrutaba, con todas las hembras a su disposición. El problema es que los que se quedaban fuera del harén se volvían locos, lo provocaban, lo buscaban, hasta que el tipo abandonaba por cansancio, permanentemente retado a duelo por los más jóvenes y agresivos. Tiranía y resistencia a la opresión

Otros grupos no tenían macho dominante: eran todos contra todos, a lo que salga. Anarquía total.

En suma, los machos se entretenían peleando, y nadie atendía a las hembras, ni les buscaba comida, el grupo no crecía, los alimentos empezaban a escasear, los rondaban tigres y leones; las cosas se ponían cada vez peor.

Una noche, Piteca tuvo un sueño: unas imágenes que se le empezaron a conformar en su cabeza, como una visión del futuro. Ella, de pie -no como ahora, arrastrando los nudillos, mal caminando en cuatro patas-. De pie, caminando en sus dos patas traseras, cargando a su bebé con un brazo, mientras que con el otro se dedicaba a recoger frutos, tallos, raíces jugosas, hojas frescas.

Despertó con un deseo único, fuerte, dominante: tenía que lograr ponerse de pie, caminar en dos patas, erguida, vertical, dominando el horizonte, mirando a los machos desde el poder de la maternidad, eligiendo al más amable: uno que se dedicara a traerle comida - pequeñas ardillas, insectos húmedos, crocantes. Así podría alimentarse mejor, producir leche más nutritiva, fortalecer al bebé desde el primer día.

Pero para eso tenía que lograr tener un hombre a su entera disposición, dedicado a ella. No buscando desesperado donde depositar su esperma, siempre listo ante cualquier hembra en celo. No señor. Para eso había que inventar algo inaudito: lograr estar SIEMPRE en celo a fin de retener a SU hombre.

Un millón de años le costó a Piteca lograr el objetivo: tuvo que aprender a caminar en dos patas; desarrollar los senos y otros atributos de reclamo sexual para su pareja; parir y criar a un chico cada dos años; mejorar la alimentación; aumentar la masa corporal y el tamaño del cerebro, (eso aumenta el tamaño de la cabeza de los fetos, lo cual acelera el nacimiento -porque si no, no pasa-, lo cual obliga a parir criaturas cada vez menos completas, más débiles, lo cual obliga a mayores cuidados maternos, lo cual..) aprender técnicas de recolección y caza cada vez más elaboradas; producir herramientas, ropas y utensilios; elaborar normas grupales de educación, trabajo, crianza, defensa, herencia, etc.; establecer rituales de identificación grupal; mejorar la comunicación oral; expresar sentimientos a través del arte; comenzar a creer en fuerzas poderosas- dioses y demonios-; enterrar a los muertos; temer a la muerte; tener angustia. Ser humano.

Ahora los machos no se pelean por las hembras, cada pareja conforma familias duraderas, las hembras comparten tareas y se ayudan, los machos salen a cazar. Está todo bien.

Lástima que cada tanto un joven entrometido intenta seducir a la esposa de un macho adulto, o roba una joya para regalar a su novia, o discute una decisión de los ancianos. Es apresado y, a veces, asesinado a golpes. Su cuerpo se pudre a la vista de todos, sus hermanos juran venganza, secuestran y asesinan al macho ofendido, o a la hembra que denunció al joven; o sucede que un padre expulsa a su hijo del hogar, o una madre seduce a alguien inconveniente, o tribus ajenas los atacan una noche para robarles las provisiones, o un jefe abusa de su poder.

Se inventa la historia y los que la narran: los homeros, cervantes y balzacs de cada siglo, que cuentan las historias que pueblan las noches y nos asombran. Todo porque a Piteca se le ocurrió una extraña idea, allá lejos y hace tiempo.


Australopitecus

A principios del año 3.457.391 desde el Descenso del Arbol, fui enviado por “Novedades Afarenses” (típico semanario oral de provincias, que mi amiga Lucy dirige desde hace medio siglo) a cubrir una noticia que ella con su viejo olfato de editora, intuyó de una importancia central en la historia nuestra de la creación del Hombre. Porque, no sé si ustedes lo saben, estábamos empeñados en crear al Homo Sapiens.

Hacía al menos un millón de años un grupo de precursores se juramentó: “antes de llegar a los 3.500.000 años desde que bajamos de los árboles, un nuevo ser: alto, espléndidamente bípedo, con caja craneana de 1000 cc, verá la luz en las sabanas africanas. Y será el nacimiento de la Era del Hombre. Nosotros: homínidos de Afar, de Tanzania y de Sudafrica nos comprometemos a comenzar ya mismo el proceso de selección de los mejores, a fin de alcanzar la meta soñada: la que nos permitirá dominar el mundo en poco menos de cien mil años, de la mano del Homo Sapiens”.

El asunto es que Lucy, enterada de los tejes y manejes de los sudafricanos – los australopitecus- , decidió enviarme a mi- su Redactor en jefe- a fin de investigar una extraña historia sobre homínidos acuáticos que, al parecer estarían generando una variante prehumana muy interesante: superficies de piel tersa (¡sin pelos!), capacidad bipedista bien desarrollada para poder caminar con el agua a las rodillas, etcétera. Se trataba de que yo averigüe bien de que se componía ese “etcétera”.

Estába claro que el primero de los tres grupos que consiguiera crear el protohomínido más sustentable, pasaría al gran libro de la Prehistoria, con el Título de “los Fundadores, o los Creadores, o los Padres de la Humanidad”, y nadie quiere ser desplazado de esa carrera. Lo que comenzó como un progresista empeño científico humanista (crear al Hombre) se fue convirtiendo en una comedia de enredos, con zancadillas, conspiraciones, robo de secretos, espías, etcétera. Campo propio para que un periodista como yo , especializado en escándalos políticos, descubriera como se cocían las habas.

Porque hay que contar que en cada zona se planearon muchos intentos de selección de los más aptos. A veces se ponía de moda seleccionar los machos más fuertes: 50 mil años obligando a estos a procrear cuantos hijos pudieran y prohibiendo contacto sexual a los otros. Esto generaba tremendas broncas que a veces llegaban al amotinamiento y asesinato. Por eso los “fundadores” se organizaban en sociedades secretas, a fin de regular la vida de los homínidos comunes, sin ser víctimas de sus odios (justificados , por otra parte).

Otras veces, se prefería a los ágiles, gráciles y más bien delgados. Entonces: ostracismo para el resto de los machos, que rumiaban su bronca y armaban enormes peleas para matar el tiempo.

Las modas mandaban, determinaban vidas o muertes, éxitos reproductivos o vidas olvidadas de toda alegría familiar. Nunca se llegó a extender la moda de la eliminación física completa de las poblaciones postergadas, por el costo de organizar maquinarias de muerte (incluyendo campos donde concentrar a las víctimas, guardias para vigilarlas, comida para alimentarlas, mientras se las mataba sin que se dieran cuenta, lo cual obligaba a ocultamientos, construcciones de túneles secretos, etcétera). Lo sé porque investigué largamente el caso de Tanzania , donde hacia el 3.245.000 un cruel consejo de Fundadores decretó muerte en la hoguera a los menores de ochenta centímetros (ley que condenaba a uno de cada tres machos tanzaneses). Eso fue tremendo. A partir de ese episodio, un Macroconsejo de Fundadores - reunido en Simposio Interétnico- acordó prohibir a eliminación sistemática de “Poblaciones No - favorecidas” (como se las denominó allí) aunque admitió, bajo circunstancias especiales, la posibilidad de ejercer restricciones y controles sobre dichas poblaciones.

Los menores de ochenta centímetros nunca pudieron recomponerse totalmente. Durante mucho tiempo siguieron desconfiando y por más que se los tratara con cierta dulzura y conmiseración, sospechaban que en cualquier momento se reflotarían viejos odios y la orden de eliminación podía emitirse implacable.

Lucy sospechaba que los sudafricanos estaban generando esa nueva población pre-humana a fuerza de un estrictísimo sistema de castas y tenía fundadas sospechas de que se estaba ejerciendo el “derecho de selección forzada”, lo que en los hechos significaba Campos de Exterminio, aunque se alegara la necesidad de ejercer “ restricciones y controles sobre Poblaciones No- Favorecidas, bajo la Carta del Simposio de Fundadores “.

Fui a Sudafica, a entrevistarme primero con un funcionario del Consejo , y después a una misión secreta: llegar a un contacto que me guiaría hasta un testigo, una víctima del sistema sudafricano de selección.

Cuando pregunté al funcionario autralopitecus, Jonessi Burguensis, qué había de cierto en los rumores de que estaban eliminando a miles de personas bajo la acusación de ser “temerosos al agua” me contestó lo siguiente:

- Mire Afari, nuestro territorio es respetuoso de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Y asimismo, necesitamos fortalecer nuestro propio programa de mejoramiento de la especie, en vistas a cumplir las Metas mundiales , por todos compartidas, de llegar al 3.500.000 con el Homo Sapiens hecho una realidad viva y no solo un sueño de nuestros Fundadores. Sudáfrica reconoce y acata el orden internacional pero sostiene con dignidad su derecho al camino propio, la Vía Sudafricana al Homo Sapiens. Esto incluye un audaz proyecto de colonización marítima y nadie nos puede negar el derecho de promover el Amor al Mar, los ejercicios de Natación y submarinismo y todo tipo de actividad acuática.

- No, claro, pero se dice por ahí que a todas las poblaciones montañesas, que no han visto el mar en su vida, las están obligando a tirarse a las olas: las que sobreviven son bien tratadas, pero, según parece miles mueren por día en las playas sudafricanas.

- Nosotros no podemos impedir que ignorantes montañeses emigren a nuestras bellas y desarrolladas costas, y se empeñen en disfrutar del agua sin saber nadar. Usted sabe lo brutos que son.

-Pero no me va a negar que esto favorece los planes de selección que impulsa el Consejo de Fundadores Sudafrenses...

- Reitero nuestro inquebrantable apego a las resoluciones del Simposio, al espíritu de confraternidad que nos hermana, pero asimismo a la tajante defensa de nuestra soberanía. En este sentido, lamento comunicarle que se le ha revocado la visa de periodista y tiene media hora para abandonar nuestro sagrado territorio.

“En esta primera crónica, - escribí entonces- llega mi relato a este punto: Me están por echar de Sudáfrica y estoy por contactarme con el fugitivo, el cual me relatará los métodos sudafricanos de eliminación de poblaciones No- favorecidas, alegando el articulo 4 de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Espero ansioso la segunda crónica, que no se cuando podré hacerla. ¿Cómo podré escapar de la orden de deportación?”

No pude. En cambio, me descubrieron intentando hablar con el testigo y estuvieron a punto de mostrarme sus métodos de inmersión forzada en el mar. Por suerte, Lucy apareció en el momento justo, con un Salvoconducto del Consejo de Fundadores y me rescató del chapuzón mortal. No sé nadar.

Me liberaron con la condición de no publicar más notas sobre Sudáfrica, cosa que Lucy se comprometió a cumplir.

Lo que nunca supo ella es que escribí esta crónica y lo pasé clandestinamente de mano en mano. Así el mundo supo del crimen sudafricano y pudo, décadas después obligarlo a desistir de esa política.


Guerra

El mundo se dividió, en algun momento, entre siesteros y noctámbulos, entre tradicionales madrugadores que tienen que recuperarse de una a cinco, y gente que compacta más el día, levantándole más tarde, saltándose la siesta y yendo a dormir a la una o dos de la madrugada. Son casi dos etnias distintas, dos subespecies enfrentadas, creo, al punto que hubo una guerra, antes siquiera de la escritura, por eso no hay crónicas de ella, salvo la que ensayaré ahora, a modo de reconstrucción de memoria.

La batalla típica que ganaban los noctámbulos empezaba a las tres de la tarde. A esa hora fatídica para los siesteros, el cuerpo es una pesada bolsa que se encoge sobre sí misma, se aplasta al suelo, al colchón, a la cama de paja o de lo que fuera, se extiende horizontal en busca del silencio. Si es verano, es aun más neto el efecto y fuerte el deseo. El cuerpo se estira gozoso, casi en un orgasmo. Cada músculo exhala como un pequeño placer, segrega como una cosquilla que se suma a cientos de cosquillas exhaladas desde otros músculos. Ese río interno va creciendo, llega a la boca y el bostezo final libera esos mínimos y placenteros aires, los ojos se cierran liberando lágrimas de satisfacción y ahí el siestero conoce la gloria.

En ese momento un alarido de alarma conmueve el campamento y decenas de activos noctámbulos, en el cenit de su movilidad, se abaten sobre los catatónicos cuerpos entumecidos del placer de la siesta, con resultados habitualmente demoledores. Toda batalla jugada a las tres de la tarde se convertía en una derrota segura de los siesteros.

Estos se vengaban inundando de flechas el campamento enemigo a las cinco de la madrugada.

En este equilibrio de ataques diurnos y nocturnos la naciente humanidad iba desangrándose y condenándose a la pronta extinción. De seguir las cosas así, en pocos siglos, digamos hacia el 50 mil A de C no hubiera quedado humano vivo en la faz de la Tierra y ni yo ni ustedes escribiríamos o leeríamos acerca de esa inicial batalla de la Humanidad.

Hoy día se conoce que fueron los Neandertalenses los siesteros que perdieron la inicial guerra de exterminio, esa limpieza étnica implacable. Los hábiles Homo Sapiens sapiens, noctámbulos, los vencieron, en un largo verano que obligaba a los retozones neandertalenses a extender horas y horas su descanso. Parece que eso ocurrió en el año 49789 antes de la venida de Nuestro Señor.

Desde aquella fecha, se hizo evidente que los trabajos de la humanidad estarían a cargo de una nueva raza que podía al mismo tiempo madrugar y ser noctámbula, y sobrepasar las horas muertas de la tarde sin caer en la tentación de la cama. Pocos lo lograban de manera consistente o permanente. La mayoría, gente débil al fin, caía en tentación de siesta. Los más voluntariosos emigraron hacia el Norte, allí donde el sol del mediodía casi no calienta y la cama no nos llama, y ejercieron durante milenios el duro arte de eludir la tentación de la siesta. Se preparaban durante toda la vida para resistir esa y cualquier otra de las tentaciones, con el recuerdo siempre fresco de los peligros de la siesta: los aullidos que las viejas decían recordar, los ecos de la masacre permanente que se cometía a las tres de la tarde, la antigua guerra perdida de los neandertales.

Hoy, es claro, esa subespecie domina, maquinando planes mientras el resto duerme: firma leyes y decretos entre los bostezos de la mayoría y se asegura siempre la mejor porción del pastel por medio de la sabia administración de sus horas de sueño. Esa gente no está nunca cansada, siempre sabe exactamente qué hacer en cada circunstancia, no tiene la duda como fantasma, no se queja del frío, ni del hambre, no tiene cansancio, no se sabe cando desahoga su vejiga, aguanta doce horas seguidas en banquetes oficiales, siempre tiene tema de conversación con la comensal que le toca al lado - quizás la tía del Subsecretario Interino, a quien apenas conoce- y mira con frío desprecio a la gente que comenta alguna debilidad, que menta algún deseo, que añora algo en la vida.

Hay que destruir el neandertal que llevamos adentro, gritan (es un decir: simplemente lo sugieren de hecho, no es gente de andar a los gritos).

Y así, desde siempre, nos hemos dedicado a eliminar ese salvaje interno, perezoso, amante de la siesta y de los placeres de la tarde tranquila, esas bestias sedientas de cama que nos incomodan con sus deseos, con su piel siempre dispuesta al placer, con sus apetitos despiertos, tan poco proclives al sacrificio, a la templanza, al trabajo duro. A veces, quizás con demasiada frecuencia, creemos detectar que cierto grupo humano es una reencarnación del neandertal exterminado, una amenazante rediviva de aquellos pre-hombres. Los matamos, los limpiamos, los holocaustamos en rápidas y feroces blitzkriegs, no vaya a ser que el monstruo de la tentación nos gane la partida y seamos presa fácil, a las tres de la tarde, de cualquier homo sapiens sapiens al acecho.


Cosmología de aldea


Ahora soy el tonto de la aldea, o de la tribu, para ser más preciso. El brujo Awaca dice que no valgo para nada, solo para molestarlo con preguntas raras, y las más extrañas teorías.

Como soy tonto, nadie me ha enseñado nada: ni cazar, ni recolectar frutos , ni cocinar , moler mandioca o hervir mazorcas, ni hacer cestos ni mucho menos, a construir casas o reducir las cabezas de nuestros enemigos, los malditos Gaguguros, que viven del otro lado del Gran Agua Mississipia. Nadie pierde el tempo conmigo.

Así que no hago nada: solo pienso. Miro el mundo y pienso.

Y le hago preguntas al viejo Awaca, que pese a poner cara de fastidio, me tiene cariño a su manera, brusca.

-Jefe, le pregunto, usted dice que el mundo siempre existió no?

-Si, Wacato

-Y que los dioses crearon la serpiente, la hicieron copular con la tierra y de allí nacieron los cangrejos .Y que un cangrejo copuló con la diosa Atwacaca y de ahí salio el primer Hombre Valiente, no?

-Si

- Y que la Luna y el Sol son hijos de la Madre Tierra

-Si

-Mire esto.

Agarré un guijarro, lo arrojé a la quieta laguna y entonces hubo una agitación en el centro del agua y de ese centro emergieron círculos perfectos que se alejaban sin deshacerse, cada vez más hasta casi desaparecer en la grandura.

-Y?

-Eso fue lo que pasó, pienso; un enorme dedo como la piedra que arrojé, quebró una vez la tensa película invisible del Espacio, que era como el agua quieta de la laguna y allí nació el Universo: se hizo visible, se desgarró la tela tensa que existía, que esperaba solo la ocasión para explotar en un Gran Ruido. Eso es el Universo: las ondas circulares que se alejan de la explosion inicial; y en una de las casi infinitas gotas estamos nosotros, El Mundo y los Hombres Valientes.

-Estás mas tonto que de costumbre, Wacato. Además, en la laguna ya no se mueve nada

-Es que no entiende las escala viejo- con todo respeto-: en el cosmos esto sigue ocurriendo desde hace incontables lunas; estamos viajando por el espacio, desde hace millones de millones de lunas.

- Ve a hacer tu penitencia y que no se hable más por hoy

Me quedé con ganas de exponerle otras teorías raras de mi cabeza, a saber

Uno, que es tonto suponer que la Tierra parió al Sol y que éste gira alrededor nuestro. Me parece que es al revés: el que tiene la luz tiene el poder; el Sol es el que manda aquí, es evidente. Ni nuestra Madre Tierra ni la Luna, son fuentes de luz y calor: son hijas del Padre Sol. Giran, imagino, a su alrededor como pollitos a su Gallina.

Dos, somos hermanos de la Luna (que no es un plato llano sino que -se nota por las sombras-, es como un durazno, redondo) Por lo tanto, nuestro mundo no es plano como piel de Búfalo, tal como lo dibuja Awaca, sino pleno como la Hermana Luna. Creo que puede ser recorrido para todas partes y que, seguro, hay mucha más tierra más allá del Gran Agua Salada donde desemboca el Gran Agua Dulce.

Nadie vio qué hay más atrás de las Montañas Madres del Agua Dulce pero imagino que habrá un Agua Salada grande y Pacífica. Si no nos preparamos, creo que es posible que algún día llegue a esta llanura gente distinta proveniente vaya a saber de qué tierras, y estemos en problemas.

Tres, que de ninguna manera los Hombres Valientes descienden de los cangrejos, sino que, supongo, todas las formas animales y las plantas, los infinitos insectos, búfalos, cerdos o tapires provienen de un pequeño Núcleo Originario. Así como el Universo proviene de un Gran Ruido primero, la vida proviene de una pequeña gota de gelatina o de grasa, un Pequeño Huevo inicial.

Y creo que algunos animales muy grandes- de los que a veces recogemos huesos- han desaparecido ya. Habrán habido muchos animales desconocidos, seguro, antes que los Hombres Valientes llegaran al Mundo. No fuimos los primeros.

Tengo más teorías (sobre cómo exactamente unas especies cambian a otras, a largo de los añares; de cómo fundir hierro para fabricar lanzas; de cómo calentar agua y usar ese vapor para mover cosas fundidas en hierro, redondas como lunas; de cómo calcular bien las superficies de los terrenos para evitar problemas en las herencias; y de cómo hacer para curar algunas enfermedades que nos diezman, entre otras)

Pero, por ahora me las guardo en mi tonta cabeza o, mejor, las escribo en estos pergaminos que escondo en la Piedra. Quizás algún día tengan importancia.

(Dicen las leyendas que un Pergamino fue hallado por un vikingo de los de Eric el Rojo, quien lo vendió a un anticuario inglés en 1254. Fue hallado en Génova hacia 1480, y vuelto a perder. Galileo, dicen , guardaba copia de él; y Newton; y Darwin; y Marx, y Freud; y , cuándo no, Leonardo Da Vinci. )


El origen de las especias


En 1423 el naturalista friso Bartlomew Kreins demostró que la única posibilidad de explicar semejanzas y diferencias entre el clavo de olor y la canela era considerando a ambas como subespecias de una especia originaria, de la cual provienen todas las demás. Esta especia originaria debería tener en potencia todas las características que las especias hijas desarrollarían más adelante. Ser, al mismo tiempo, dulce, agria, fragante, salada, amarga, ácida, etc.

La especia originaria debería ser oriunda de un rincón del Mundo que reuniera todas las características posibles: ser llano y montañoso, seco, cálido, húmedo, frío, ventoso y calmo.

Entusiasmado por sus descubrimientos, pasó el resto de sus días buscando ese lugar originario, que supuso el Paraíso terrenal.

Años más tarde, un emprendedor marino genovés- que leyó sus escritos de forma algo apresurada- se empeñó en buscar el lugar primigenio más allá del Mar Océano, al oeste de toda tierra conocida.

Creyó encontrarlo en una isla caribeña que, según el marino “ olía de lejos a todo lo posible: lo que existe y lo que aun no ha sido creado. El Paraíso terrenal”.Este aserto le costó la excomunión, ya que conmovía el relato bíblico según el cual, todas las especias fueron creadas de una vez y para siempre por la Divina Providencia.

Murió desterrado en la isla caribeña, repitiendo a quien quisiera escuchar que “sin embargo, aquí nacen continuamente nuevas especias (eppur nascent novum speciae)”.